La terapia visual es un procedimiento clínico cuyo objetivo es tratar problemas visuales cuando la corrección óptica (gafas o lentes de contacto) no es suficiente para impedir el desarrollo de dichos problemas, o bien para optimizar al máximo el potencial visual de la persona. En algunos casos sirve para conseguir mejores resultados que con otras técnicas. En otros casos, constituye la única solución posible. Su fundamento es neurológico y se basa en el control del proceso visual por parte del cerebro. Éste es un órgano diseñado para aprender, y aprende a través del entrenamiento.

Para alcanzar los objetivos perseguidos el optometrista diseña un programa personalizado en el que se trabajan diferentes aspectos de la visión, haciendo especial incidencia en los que requieren mayor mejora para el paciente, pero siempre considerando a la persona como un todo, y al sistema visual con todos sus componentes, en un enfoque integrador. Dicho programa se compone de ejercicios que siguen un protocolo para entrenar al cerebro y a los órganos que son controlados por él (ojos, nervios) en las habilidades que buscamos desarrollar en el individuo. Se trata, pues, de un proceso de aprendizaje guiado. Así, el sistema visual se hace más eficiente, de modo que percibe, procesa e interpreta mejor la información visual. No olvidemos que ésta constituye el 80% de la información procesada por el cerebro.

Las grandes ventajas de la terapia visual son fundamentalmente dos: su gran capacidad para recuperar funciones a un nivel que sería imposible por otros métodos y la ausencia de efectos secundarios. A ello cabe añadir los enormes beneficios que a nivel de aprendizaje y desarrollo dichos avances funcionales producen en los paciente infantiles y juveniles.

 

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